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miércoles, 2 de febrero de 2022

Bach al piano y al órgano

A pesar de lo poquísimo que sé de música sí que me he dado cuenta de que, en general, la música barroca para teclado suena mejor en instrumentos como el órgano y el clave, que ya existían en la época, que al piano. Pero, claro, a veces me encuentro con grabaciones como la del pianista húngaro András Schiff de las Variaciones Goldberg o con pequeñas joyas como la que hoy propongo. Se trata de un arreglo del andante de la Sonata nº 4 para órgano en Mi menor, BWV 528 de J. S. Bach. El pianista es Víkingur Ólaffsson, un extraordinario intérprete islandés formado en la prestigiosa Juilliard School de Nueva York.

Si algo me ha llamado poderosamente la atención es la eterna suavidad y el regocijo y gusto en todas y cada una de las notas sin perder de vista el conjunto de la obra. Víkingur acaricia las teclas con firmeza y pulsación mesurada, con ternura y determinación, con una ambivalencia que es nuestro propio sentimiento. A mí me hace latir el corazón al unísono de esta música.

Con el fin de poder comparar cómo suena esta sonata al piano y al órgano, instrumento para el cual fue escrita, acompaño un vídeo con una preciosa interpretación de la misma pieza y mismo movimiento por parte de la joven organista lituana Karolina Juodelyte en el órgano de la iglesia de la Santa Cruz, en Detmold (Alemania).

Espero que mi sensación de paz sea compartida.




domingo, 26 de mayo de 2019

Mi tocata y fuga en Re menor

En un mundo tan visual como es el nuestro, es difícil que al sonar las primeras notas de la obra que presento hoy muchos no piensen en imágenes cinematográficas del conde Drácula o del capitán Nemo, aunque en realidad se trata, quizá, de la obra más sublime jamás escrita para órgano: Tocata y fuga en Re menor, BWV 565, de Johann Sebastian Bach.

Recuerdo mi primer encuentro con esta impresionante música: fue en la preciosa iglesia de la Pradera (en alemán, Wieskirche), una muestra maravillosa de rococó alemán, obra maestra de los hermanos Zimmermann, de mediados del siglo XVIII.

Cuando comenzó a sonar el órgano sentí que todo mi ser se estremecía y que entraba en un estado parecido a un trance. La música me llevaba, elevándome, por los diferentes estados del alma, para acabar fundiendo todos en uno con una resolución propia únicamente de Bach. A partir de entonces, siempre que escucho esta obra me veo frente a la eternidad, todas las piezas del enorme rompecabezas que constituye la vida y el pensamiento humanos encajan perfectamente con un sentido trascendente. Deseo que no acabe la música y, acabando la pieza, no termina del todo, porque sigue resonando en mi interior horas y horas, llenándome de armonía.

Sé perfectamente que a lo que estoy diciendo no le estoy dando ningún apoyo de teoría musical, porque no la sé. Sólo hablo de emociones. Nada más y nada menos.

Os presento pues, esta extraordinaria composición de Bach. La interpreta un músico genial que nos dejó en 1981, el organista, clavecinista, pianista, y director de orquesta y coro Karl Richter. El órgano es el Órgano de la Trinidad (Dreifaltigkeitsorgel, en alemán) de la Basílica de Ottobeuren, en Baviera, Alemania.