Recuerdo mi primer encuentro con esta impresionante música: fue en la preciosa iglesia de la Pradera (en alemán, Wieskirche), una muestra maravillosa de rococó alemán, obra maestra de los hermanos Zimmermann, de mediados del siglo XVIII.
Cuando comenzó a sonar el órgano sentí que todo mi ser se estremecía y que entraba en un estado parecido a un trance. La música me llevaba, elevándome, por los diferentes estados del alma, para acabar fundiendo todos en uno con una resolución propia únicamente de Bach. A partir de entonces, siempre que escucho esta obra me veo frente a la eternidad, todas las piezas del enorme rompecabezas que constituye la vida y el pensamiento humanos encajan perfectamente con un sentido trascendente. Deseo que no acabe la música y, acabando la pieza, no termina del todo, porque sigue resonando en mi interior horas y horas, llenándome de armonía.
Sé perfectamente que a lo que estoy diciendo no le estoy dando ningún apoyo de teoría musical, porque no la sé. Sólo hablo de emociones. Nada más y nada menos.
Os presento pues, esta extraordinaria composición de Bach. La interpreta un músico genial que nos dejó en 1981, el organista, clavecinista, pianista, y director de orquesta y coro Karl Richter. El órgano es el Órgano de la Trinidad (Dreifaltigkeitsorgel, en alemán) de la Basílica de Ottobeuren, en Baviera, Alemania.
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