domingo, 26 de mayo de 2019

Mi tocata y fuga en Re menor

En un mundo tan visual como es el nuestro, es difícil que al sonar las primeras notas de la obra que presento hoy muchos no piensen en imágenes cinematográficas del conde Drácula o del capitán Nemo, aunque en realidad se trata, quizá, de la obra más sublime jamás escrita para órgano: Tocata y fuga en Re menor, BWV 565, de Johann Sebastian Bach.

Recuerdo mi primer encuentro con esta impresionante música: fue en la preciosa iglesia de la Pradera (en alemán, Wieskirche), una muestra maravillosa de rococó alemán, obra maestra de los hermanos Zimmermann, de mediados del siglo XVIII.

Cuando comenzó a sonar el órgano sentí que todo mi ser se estremecía y que entraba en un estado parecido a un trance. La música me llevaba, elevándome, por los diferentes estados del alma, para acabar fundiendo todos en uno con una resolución propia únicamente de Bach. A partir de entonces, siempre que escucho esta obra me veo frente a la eternidad, todas las piezas del enorme rompecabezas que constituye la vida y el pensamiento humanos encajan perfectamente con un sentido trascendente. Deseo que no acabe la música y, acabando la pieza, no termina del todo, porque sigue resonando en mi interior horas y horas, llenándome de armonía.

Sé perfectamente que a lo que estoy diciendo no le estoy dando ningún apoyo de teoría musical, porque no la sé. Sólo hablo de emociones. Nada más y nada menos.

Os presento pues, esta extraordinaria composición de Bach. La interpreta un músico genial que nos dejó en 1981, el organista, clavecinista, pianista, y director de orquesta y coro Karl Richter. El órgano es el Órgano de la Trinidad (Dreifaltigkeitsorgel, en alemán) de la Basílica de Ottobeuren, en Baviera, Alemania.

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