Uno de los sentimientos que más busco y aprecio al escuchar una pieza musical, sea esta breve o larga y, a decir de los entendidos, sencilla o compleja, es que me aporte paz y serenidad. Pues bien, esto es precisamente lo que siento al empaparme del Impromptu nº 3 en Sol bemol mayor de Franz Schubert. Son algo menos de seis minutos y medio de bienestar espiritual y oasis en medio del desierto caos pandémico en el que vivimos.
Las notas parecen fluir acariciando nuestros sentimientos con una sutil ligereza y a la vez profundidad que emocionan y hacen fluir nuestra respiración, llenando nuestro interior de un oxígeno cargado de profundo bienestar.
Entre las interpretaciones que más me gustan se encuentran las dos que propongo a continuación. En la primera, la pianista georgiana nacionalizada francesa Khatia Buniatishvili nos lleva al intimismo de una interpretación que parece única y exclusivamente realizada para el espectador. En la segunda, en una grabación más antigua, el gran pianista Vladimir Horowitz parece tener unos dedos que apenas si se posan sobre las teclas para abordar con una quasi sacralidad la partitura de Schubert.
Habrá probablemente interpretaciones mejores, pero las dos que aquí presento son las que a mí, un bruto musical, más me emocionan.
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